martes, 20 de julio de 2010

vh. segunda parte:
El hombre nuevo: el marero. La nueva sociedad:las maras

La institucionalización de la moral marera: incapacidad y parasitismo

Los antivalores de las maras nacen y se reproducen con y desde la oligarquía, es decir del poder. No sólo los políticos, las dirigencias de todos los partidos políticos, los funcionarios públicos del gobierno y el Estado en general, los diputados y varios líderes religiosos de diversas denominaciones los practican.

Quizá el antivalor más representativo y significativo de las maras de la oligarquía, de las maras de la gran empresa privada nacional y transnacional es el mismo que ejercen las maras de las colonias, comunidades y zonas populares: la renta.

La diferencia entre la renta impuesta por las maras, con la renta que proviene de la gran empresa privada y los bancos es que a la primera le llaman extorsión y es ilegal. La de los segundos por estar legalizada por la voluntad política del gobierno, los diputados y las leyes y toda la institucionalidad, aparece encubierta con distintos nombres o conceptos dentro de lo que se le denomina cuota, tarifa, factura, recibo, pago por servicios, precio, tasa, cargos, recargos aplicables o costos adicionales, entre otros.

Excelentes ejemplos de la renta o extorsión de la empresa privada y el Estado son todos los cargos a los combustibles, la cuota fija de telefonía que resultó ser una cuota de acceso, el incremento de 12 a 28 dólares de las tarifas de energía eléctrica que se ha sufrido en la mayoría de colonias y zonas populares más pobres de las ciudades en el gobierno de Funes y avalado por una parte de la dirigencia del fmln —en residenciales de clase media, los incrementos se elevaron al doble y a veces hasta el triple de lo que se paga hasta junio del año anterior—, el aumento indiscriminado de 5 a 25 y hasta 35 dólares de las tarifas de agua potable —también dentro de estas mismas poblaciones de pobres— y el próximo porrazo anunciado de aumento del valor del gas propano, entre otro montón de servicios que ya se han visto severamente impactados en este año transcurrido.

Mientras, las grandes empresas se libraron del pago de impuestos al Estado y de los controles fiscales, y continúan evadiendo y eludiendo sus obligaciones.

Lo mismo ocurre con las compañías telefónicas de Carlos Slim a quien sirven los Cáceres y la empresa agiotista de cobros de deudas propiedad de estos mismos, igual que los bancos a quienes ha servido vehementemente el actual ministro de Hacienda, y las compañías de seguridad privada de Mecafé, entre otras grandes empresas, que no sólo se han beneficiado en prebendas y económicamente del poder adquirido por esta nueva mara que gobierna desde casa presidencial, sino que sobre todo pone en evidencia la tremenda hipocresía y descarado cinismo gubernamental de impedir el combate contra este tipo de renta y tráfico de influencia.

Todos los cobros abusivos son en realidad estafas y extorsiones y rentas al mismo tiempo que tienen el carácter de cada una de las categorías mencionadas, porque constituyen cobros excesivos, arbitrarios, ilegales, injustos y desproporcionados que se hallan fuera y muy por encima de los costos y márgenes de ganancias o rentabilidad aceptables.

Y son extorsiones, estafas y rentas porque además los ingresos no son declarados al fisco porque se lo roban. Se roban lo que ellos tienen que declarar y pagar en impuestos y se roban además los impuestos que por medio del IVA paga el pueblo, porque tampoco lo declaran ni lo entregan.

Y son también rentas, extorsiones y estafas porque al comprometer el gobierno al Estado en préstamos internacionales para financiar a través de la colocación de dichos fondos en los bancos los negocios de las grandes empresas, compromete y empeña el futuro de nuestros hijos y las venideras generaciones, pues tanto las entidades financieras que reproducen para sí mismas riquezas sin arriesgar su propio dinero igual que el empresariado, de sus ganancias no devuelven al Estado siquiera las sumas de intereses adeudados a través de impuestos.

Al ocurrir esto, la carga cae sobre todos nosotros, que no nos escapamos de ninguna manera de pagar estas rentas, porque somos todos los salvadoreños que pagamos impuestos, quienes terminamos pagando tales empréstitos a través de esos fondos que van al fisco. Empréstitos que de ribete ni disfrutamos.

Por estas razones, con todo rigor y certeza podemos aseverar que la gran empresa privada, la oligarquía, el gobierno, la Asamblea Legislativa, la Corte Suprema de Justicia, los diputados y todas las dirigencias de los partidos políticos han convertido a nuestra economía en una economía rentista, extorsionadora, porque este sector mercantilista y especulador —mercantilista y especulador porque ni siquiera es un sector productivo, ni siquiera es un sector que invierta en la productividad— tiene idénticas prácticas y modos de acumulación de riquezas que las maras, por lo que a la vez son una clase parásita que vive a expensas del pueblo, de los asalariados, de la clase media, de la mediana, pequeña y microempresa, y de la economía informal.

El comportamiento gubernamental, de las entidades del Estado y de las dirigencias de todos los partidos políticos, sin excepción alguna, y la oligarquía y empresariado nacional y extranjero es en todos los aspectos idéntico al sistema de protección e interacción endógena propia de las maras.

En realidad, los antivalores constituyen una práctica permanente, constante que ha permitido a la oligarquía y toda esa clase política y de funcionarios la acumulación de riquezas y de poder, y se han convertido en un pensamiento dominante y de denominación en todas las actividades económicas, sociales, políticas, productivas, comerciales, culturales y hasta humanas dentro de la sociedad y el país.

Los antivalores vienen siendo practicados desde tiempos remotos por la oligarquía —tanto la nacional como la transnacional—. Pero acortemos el tiempo a 21 años, que es el período verdadero de surgimiento, expansión y consolidación de las maras y la virulencia de la pérdida de todo principio y valor moral y ético de desarrollo humano y desarrollo de la humanidad salvadoreña. Esos 21 años son los mismos en que estuvo en el gobierno arena y que abarca al actual gobierno de derecha de Funes y su séquito de funcionarios.

De la casta oligárquica es que proviene el ejemplo, quienes han servido de maestros para todas las otras clases mencionadas. Son los amos del poder, es decir la oligarquía, quienes han secuestrado a todo político y funcionario público de distinta procedencia y denominación infectando sus comportamientos, sus conductas políticas por medio de la compra de voluntades de diversas formas, entre estas la del chantaje político y a la vez con prerrogativas vulgares como la facilitación de lujos a diputados y funcionarios de las entidades y de las dirigencias partidarias, que ejercen al mismo tiempo su imposición dominante y su dominio mental, inmoral y antiético contra los sectores populares.

Estas maras del más alto nivel gubernamental y estatal han trasladado sus picardías en forma de enseñanzas masivas a las maras, a través de los medios de comunicación y en sus relaciones funcionales diarias en el gobierno y el Estado, e intentan inculcarlas hasta dentro de sus militancias y activistas.

Por lo que ninguno tiene solvencia moral ni ética desde la perspectiva política y social, para enfrentar el problema de las maras, y por eso mismo es que no son capaces de pensar, de tener siquiera idea de cómo comenzar procesos sostenidos, sostenibles y sustentables que se encaminen a soluciones posibles, realizables y permanentes del fenómeno de las maras. No pueden porque tienen las patas hinchadas.

Los funcionarios actuales, alejados ya de su forma de pensar anterior y despojados de cualquier intento de enfrentar los problemas sociales en el terreno de los pobres, en el terreno popular donde se teje la podredumbre provocada por las maras, les imposibilita siquiera observar terrenalmente el problema.

Las maras reflejan, expresan, demuestran concreta e indiscutiblemente el tipo de sociedad que somos. Son ellas mismas —y en sí mismas— una crisis social, que provienen de una crisis social.

Como crisis, tiene inevitablemente que aceptarse que es insostenible, que no puede ser ya comprendida, conocida ni combatida desde el lujo de los despachos y oficinas ministeriales y gubernamentales, donde ni se interesan siquiera por leer o escuchar la información que sobre este fenómeno se ha investigado enormemente, menos las propuestas que tan pronto como llegan a los escritorios pasan a los basureros tanto de la memoria como de los papeles inservibles.

Tienen, igual que las estructuras de las maras, una vía de alineamiento verticalista e infranqueable, incuestionable pero deplorable, donde no hay razonamiento más que para obedecer los designios omnipotentes de los funcionarios y las dirigencias, es decir las cúpulas.

El mal social de las maras, aunque investigado de mil maneras y desde múltiples perspectivas distintas por largos años y por diversos expertos e interesados, sólo pone en evidencia la verdad de que ya no se trata simple o únicamente de explicar, de interpretar esta realidad, sino de transformarla, y la única manera posible de transformarla es con el ejemplo, en la cotidianidad, en la justeza de las decisiones y prácticas sociales.

De información se dispone de forma inmensa. Información que además ha dejado de ser escuchada —a menos que esta provenga de arena, tal como lo ha confirmado Funes—, ha dejado de tener interés y sentido para quienes hoy están más cómodos con sus cargos de funcionarios públicos y de dirigentes, de donde reproducen también los mismo antivalores de las maras: el oportunismo, el pillaje, el arribismo, el parasitismo, el despojo, la vivianada, el trinquete, la triquiñuela, la mentira, el engaño, el amedrentamiento, la dominación, la apropiación de la ley sujeta a sus voluntades e intereses personales, las injusticias de todo tipo, la marginación, la exclusión, la picardía, las transas, la protección y encubrimiento de sus rediles y ganado, de sus amigos y allegados, de sus grupúsculos tal como lo hacen las maras —de la misma manera—, quienes a pesar de que posean buenas casas, carros de lujo y onerosos salarios y grandes ganancias en sus propios negocios, se comportan esencialmente como las maras. Son también maras, de otro nivel, pero al fin y al cabo maras.