viernes, 27 de marzo de 2009

A NUESTRO MONSEÑOR ROMERO DEL POETA DE LA REPUBLICA


Todos los que predican a Cristo son voz,
pero la voz pasa. Los predicadores mueren,
Juan Bautista desaparece, sólo queda la palabra.
La palabra queda y ese es el gran consuelo que se predica.
Mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo
quedará en los corazones que la hayan querido acoger”
(MONSEÑOR ROMERO)

Veinticuatro de marzo, me viene todo el peso
de la noche y recuerdo de tu rostro y tu risa,
me viene el viejo signo de tu negra sotana
siempre buscando rosas entre las crueles zarzas.

Quiero contarte, hermano, que esta noche callada
me deja muchas voces en los valles segadas,
heridas en los ríos, sangrando en las prisiones,
clamando en los abismos, llorando en las pupilas
de todas nuestras madres, de todos nuestros hijos,
de todos los que fueron antorchas encendidas,
de todos los que hoy somos ecos de tu palabra,
buscando los luceros que de tu voz nacieron.

Ya no somos las mismas semillas sin destinos
temiendo a las gaviotas que llegan con la tarde,
arrasando los surcos y truncando los sueños,
hoy somos duros robles ataviados de historia.
De tus ojos sin miedos se nutrieron los pasos
para correr distancias en las calles ardientes,
en las crudas montañas donde quedaron restos
de pieles sin temores, de sangre sin cadenas.

Quiero contarte, compa, que esta noche callada
me trae en sus inquietas e interrogantes nubes
las horas que pasamos inventando el futuro
y el cáliz donde fuimos bebiendo los dolores
de todos los obreros, de todos los agrarios
profetas que adivinan el tiempo de la siembra,
de todos esos libros que hicieron sus lecciones
en los muros del barrio, forjando un nuevo verso.
Ya no somos los mismos cometas con amarras
que buscaban ansiosos abrigo en tu sotana,
campana que sin miedo tañía sus verdades,
hoy somos rudas aves sin temor a las sombras.

De tu voz de profeta queda un cristo viviente
que lleva su palabra como prédica nueva,
como lirio de fuego para darnos consuelo
y encender las antorchas de nuestros corazones.
Quiero contarte, padre, que a pesar de las noches,
avarientas de muerte, sigue nuestra cosecha
porque la luz precisa que la alcemos del lodo,
que busquemos tu sangre para llenar las redes.
Te miro entre los robles y en los blancos laureles,
en el olor del cedro que aroma las montañas,
estás vivo en mis manos que tallan la madera
y por eso te llevo tatuado entre mi pecho.

Hasta siempre cordero, sangre que va sonriente
al ver que sus retoños recuerdan sus lecciones
y las viejas plegarias, hoy nuevas homilías
que vienen de tus besos desde la madre tierra.