miércoles, 12 de noviembre de 2008

EL BOTIN DEL ENEMIGO

Es el verano del año 1989 el reloj marca las siete de la mañana en las faldas del cerro El Barroso, ubicado entre el cantón Nansistepeque y los Apoyos, Santa Ana, una columna guerrillera que acampa se prepara para enfrentar los afanes del día. Los guerrilleros juan y pedro, son designados para bajar al poso que solitariamente espera en un pequeño bosque al pié del cerro, los depósitos son dos pichingas de plástico (una de aceite orisol y una de gramoxone), el día es soliado y parece que el silencio del bosque y la brisa preparan una sorpresa.

Para cumplir la misión era conveniente –por ser zona habitada- que fueran vestidos de “civil” juan viste un pantalón comando color kakis, botas café y una camisa de color blanco, pedro viste un pantalón color café, zapatos color negro y un camisa a rayas.

Los guerrilleros con paso cauteloso avanzan y llegan hasta donde se encuentra aquel poso de agua cristalina surgida de las entrañas de la montaña, solo la caída de una hoja es capaz de alterar la quietud de aquella agua que espera ser poseída por un sediento.

Los guerrilleros, uno a uno se embrocan para satisfacer sus sed, pues el camino les ha hecho sudar. Preparan las pichingas y las sumergen irrumpiendo la virginidad de aquella quietud del agua.

Ahora ya pueden partir hacia las faldas del cerro adonde los esperan una columna guerrillera que también tienen sed.

Es hora de partir, hay que seguir el mismo camina que los dejó llegar hasta allí. Todo parece estar bien , hasta que al salir a un cruce de caminos se encuentran de frente y a escasos metros con una columna de soldados del Batallón Pipil que camina en sentido contrario al que deben seguir los dos guerrilleros –el latido del corazón se les acelera y las garganta se les reseca- y mientras caminan siguiendo el sentido contrario de la columna de soldados, se dan cuanta que esa columna de soldados es interminable, el sentido común les indica que están a punto de ser descubiertos, pero se resisten a que llegue ese momento y siguen caminando.

Tratan de hacerse los tontos, los pasmados, agachan la cabeza para evitar ver que son observados y así resistir a la imponente mirada de cada uno de los soldados que los inspeccionan con sus miradas mientras pasan a la altura de cada uno de ellos.

Sus instinto de guerrillero les indica que si continúan caminando en esa dirección no pasará mucho tiempo para que los identifiquen y entonces será otra historia.

Juan le dice a pedro que hay que cambiar de dirección, lo cual efectivamente hacen por medio de una vereda, pero mientras cambian de dirección un sargento del batallón les grita a ambos que se detengan, que esperen, que digan que andan haciendo. Una mezcla de temor, valentía, y confusión hace que ambos guerrilleros sigan caminando haciendo caso omiso a las ordéneles del sargento.

Mientras esto sucede ambos guerrilleros se ven a los ojos en señal que hay que hacer algo ante las circunstancias- ambos sabe que tienen que escapar- buscan el momento para reaccionar a la persistencia del sargento que a estas alturas se ha puesto en guardia pues algo le indica que se podría tratar de guerrilleros.

Los guerrilleros saben que es insostenible cualquier excusa para no dejar de caminar, pues ahora la columna de soldados se ha parado y están pendientes de la intervención del sargento.

En ese momento juan le dice a pedro “cúbrete”, mientras saca una pistola 9mm de su costado, se da media vuelta y dispara en dirección al sargento, que está listo ha cubrirse e inmediatamente a responder al fuego enemigo. Ambos guerrilleros han sacado sus pistolas y le han quitado el amor a las pichingas de agua, pues las han dejado abandonadas en el camino para que sean el botín de aquella columna de soldados que alocadamente han matado al viento con ráfagas de fúsil y disparos de granadas M-79. Ambos guerrilleros lograron escapar rompiendo cercos y montarrascales con el pecho de aquel asecho enemigo. Llegaron al campamento asustados y arañados por la maleza, con la novedad que las pichingas con agua se habían convertido en el botín del enemigo.