jueves, 9 de octubre de 2008

HISTORIAS DESCLASIFICADAS

El poder de la atención en la “Cafe”

La “café” era la frase que se utilizaba para hacer referencia a la Cafetalera, zona donde operaban pequeñas unidades pero letales unidades guerrilleras en el Frente Occidental Feliciano Amas.

Aprendimos a desplazarnos con sigilo y haciendo el menor ruido posible. La misión de todos era estar pendiente de cualquier movimiento extraño que se aproximara a nuestro campamento. Con los días, aunque ya conocíamos casi de memoria cual era el ruido de una cotuza, un pájaro brincando de rama en rama y hasta el desliz de una lagartija, debíamos corroborarlo siempre que un ruido bordeara nuestro campamento, no importaba qué ruido fuera. En la desconfianza del ruido se aseguraba el éxito de nuestra estadía y supervivencia en los campamentos.

Eran las siete de la mañana de un día en el verano del año 1,990 en el campamento habíamos siete pompas, que luego de una noche de descanso escuchábamos la voz de “levantarse”del último compa que había vigilado mientras dormíamos. En lo profundo de la distancia el silencio apenas era interrumpido por el canto de las chontas, que se desplazaban en el aire en busca de sus sagrados alimentos.

Todos nos habíamos levantado, algunos todavía no habían doblado las sabanas, los tendidos (plásticos) aún permanecían en el suelo. En eso momento dos compañeros ya había encendido el fuego para cumplir con el rol de cocinar para ese día, a esas alturas de la mañana ya habían puesto a calentar agua para el respectivo café y por su puesto para ese día el menú indicaba que habrían plátanos fritos en el desayuno; lo digo porque lo percibí.

Fue ese día cuando nos acabábamos de levantar, cuando aun teníamos los ojos chilapatosos. Escuchamos el Shiiiii…de mi hermano, que al mismo tiempo se llevaba el dedo índice a la altura de la boca. Todos lo volvimos a ver y le observamos el rostro que trataba de trasmitir un mensaje de ¡¡silencio y alerta¡¡, porque escucho ruidos que no son de animal.

Mi hermano trataba de controlar la alteración del latido de su corazón, pues algo le indicaba que algún peligro estaba próximo. Se tendió como lagartija mientras sus ojos trataban de atravesar el follaje del cafetal y sus oídos trataban de regular el volumen de aquellos ruidos sospechosos, mientras su respiración se adaptaba a los requerimientos del momento ¡¡ calma¡¡, ¡¡Tranquilo¡¡.

El cañón de su fúsil AK 47 apuntaba hacia la zona de donde provenían los ruidos, mientras sus ojos y sus oídos buscaban con ansiedad el agente provocador de aquel ruido. Sus oídos ya le indicaban que se trataba de seres humos –hombres-, no eran niños, eran adultos, pero ¿cuántos?, ¿cómo son?, ¿cómo visten?, ¿qué hacen?, ¿qué hacen tan temprano por estos lugares? Eran preguntas lógicas que debía de tener respuesta antes de retirar el cañón, su mirada y sus oídos de ese lugar?.

Todos lo observábamos, sabíamos que algo pasaba pero no sabíamos qué, deseamos estar en el lugar de él, para saber algo más.


De repente, por medio de sus ojos obtuvo la respuesta a aquellas preguntas.…. Con un promedio de diez disparos que salieron del cañón de aquel AK -47 que sostenía en sus manos, nos despejó cualquier duda que el resto de compañeros podríamos albergar en nuestro ego de guerreros.

En ese momento todos teníamos nuestras mochilas y nuestras armas y no había más que esperar (la cafetalera no era para combates, era para sorprender).Todos lo compas salieron hacia el sur del campamento-sin rumbo-. Mientras eso sucedía, sumergí la mitad de mi cuerpo en un hoyo que casualmente estaba próximo, al mismo tiempo que observaba a mí hermano que con un toque de tranquilidad se levantaba, camina encorvado, echaba un vistazo al campamento que había quedado vació de almas, excepto la mía que esperaba- no por que fuera valiente, aguerrido, ni porque estuviera demostrando el valor del compañerismo que era sagrado, creo que era algo mas que eso, era mi hermano de sangre al que esperaba- Mientras se acercaba yo le veía a los ojos cómo queriéndole decir que pasó ¿él me leyó mi actitud y me dijo “vámonos a la mierda, son los soldados y creo que les dí”. Para que esperar más respuestas, le indiqué el rumbo que había tomado el resto de compañeros y abandonamos el campamento, en mi caso, con el sentimiento que unas rajas de plátano frito aún ardían en la cacerola y otras esperaban en un plato improvisado.

El día siguiente el enemigo confirmaba dos bajas en sus filas..Una patrulla exploraba nuestro campamento. Entonces entendí cuál era el poder de la atención en la cafetalera. Esos soldados casi nos ponían la bota encima, y con seguridad no iban a tener piedad de nosotros.