viernes, 10 de octubre de 2008

historias desclasificadas

¿El Chelón un Robin Hood?

Es mil novecientos ochenta y cuatro, en las orillas de la cancha del seminario San José de la Montaña, inmensas galeras de madera y lámina han sido construidas, cientos de refugiados (mujeres, hombres y niños) habitan su interior, las divisiones de las familias se logran distinguir por pequeñas divisiones de pliegos de cartón, sabanas o simples plásticos. No existen privilegios, todos están concientes, los electrodomésticos o equipos de entretenimiento como equipos de sonido o TV brillan por su ausencia, aquellos quedaron en algún lugar mientras estas familias huían por salvar sus vidas. Una pequeña radio era reliquia encontrar y de encontrarse no tenía baterías.

En ese contexto, no había que esperar deleitar un suculento banquete, las familias hacían su dieta alimenticia con las donaciones de alimentos que provenían de buenos samaritanos, la receta era única y para todos, no había donde escoger, de vez en cuando se podía deleitar una pechuga de pollo, o un trocito de carne. Los lujos no existían y no era el lugar para ningún vicioso.

De repente el apelativo de Chelón, se volvió común en la boca de los ancianos y ancianas, “ahí viene el Chelón”, allá está el Chelón”, “Hoy no ha venido el Chelón”, “Hoy tiene que venir el Chelón”, eran las palabras que expresaba un grupo de viejitos. A veces lo expresaban con admiración, a veces con tristeza, en otras ocasiones con desesperación. La razón era, que el Chelón se había ganado el cariño de los ancianos, les dotaba de unos hermosos puros y de vez en cuando les hacia deleitar un cigarrillo. El Chelón, hacia algo mas por este grupo de personas; les contaba historias, los hacia reír y además los escuchaba.

El Chelón se había ganado el cariño de los ancianos, ninguno de ellos sabía de donde era, ni cuales eran sus pretensiones. Algunas personas decían que era un escultor y que la última obra que había hecho fue un retrato de Monseñor Romero grabado en madera.

La presencia del Chelón, todos la podían percibir, era un tipo de complexión robusta, alto, de piel blanca, voz grave, ojos claros, de apariencia imponente.

Otro extracto de los refugiados que conocían al Chelón eran las mujeres que tenían niños tiernos, de vez en cuando el Chelón los sorprendía con un obsequio, pequeño y sencillo pero era un obsequio.

Pero el Chelón no hacia solo eso, un día por semana, que previamente había concertado con hombres, mujeres y uno que otro adolescente, llegaba a abastecer de noticias a un numeroso grupo de personas, que como un polluelo estira el pico para que su madre le deje caer la comida esperaba sediento de noticias.

Las personas ya sabían el día y la hora que el Chelón estaría frente al módulo número cinco. Antes que el Chelón llegara ellos ya estaban allí. La silueta lo delataba y más de un refugiado lo terminaban de delatar, cuando pronunciaban su apelativo.

Con talante de una gran personalidad saludaba y se abría paso entre los asistentes, y como si fuera un gran orador se posesionaba frente al público, afinaba su vos, peinaba su cabellos con ambas manos de una sola sobada y luego de una valoración visual del público que lo acompañaba metía su enorme mano derecha en la bolsas traseras de su pantalón y sustraía unos recortes de periódicos- incrementando la ansiedad del público-luego de revisar el orden cronológico de las fechas, como todo un narrado de noticias comenzaba a leer cada uno de aquellos recortes, apoyaba su lectura con guiños de ojos, estirones de cejas y de vez en cuando hacia señales con sus manos. La mayoría de las noticias se referían a los combates que se habían registrado entre el ejército y la guerrilla, pues la guerra civil estaba en apogeo. Aquel hombre analizaba las noticias y ponía al tanto de la realidad a aquel público que carente de medios de comunicación en aquel refugio asentía lo que aquel hombre les decía.

El Chelón, tenía su espacio noticioso en aquel patio, no ocupaba micrófonos, no tenía silla, ni escritorio, no ocupaba energía eléctrica, no tenía ninguna frecuencia para transmitir su señal, pero los señores y señoras con seguridad lo encontraban los días designados previamente en aquel patio. No tenía patrocinadores, pero tenía el producto y su audiencia no le faltaba.

Una mañana al Chelón le seguían los pasos. Al menos cinco hombres con chaquetas de color oscuro y armados con pistolas lo seguían. Con paso largo y rostro asustado pasó en el lugar donde hacia su tribuna, y mientras cruzaba la cancha una voz de “alto” lo sorprendió por la espalda, el Chelón se devanó como todo un comando en la escasa grama de la cancha, mientras una lluvia de balas buscaban su cuerpo. Pero fue por demás, no portaba armas para defenderse, no había donde cubrirse, las vueltas de gato y la carrera en Zigzag no le bastaron para escapar al asedio, una bala le había atravesada la espalda. Pero aún así, su espíritu de supervivencia lo impulsaba a huir a través de un barranco que conectaba a una quebrada. Pero sus depredadores le tenían la medida. Lo alcanzaron, lo doblegaron y lo esposaron.

Mientras dos de sus captores lo conducían, el Chelón volvía la mirada hacia un puñado de gente que lo veía, la mayoría tenían la cara llena de temor. Sin embargo, mientras se más se alejaba más los volvía a ver, como queriendo decir que volvería.

Los ancianos, los niños y aquella audiencia comenzaron a extráñalo.

Pasados unos días, se supo el motivo por el cual se lo habían llevado: el Chelón había extorsionado a una familia y mientras recogía el dinero, la Policía que ya lo tenía vigilado lo había capturado. Algunos dicen que el dinero lo necesitaba para sus obras sociales otros dicen que era para la revolución.